
Una noche de noviembre la escuche llorar, una de tantas noches.
Desde la escalera en penumbras, sentada, con un amor en la habitación de alado,
me puse a escucharla.
Eran sus silencios desgarradores, silencios llenos de sus gritos de dolor.
Y ella era mía, era de él, era de nosotros.
Era la misma casa en tiempos distintos, había sol, había luna, había estrellas, estaban sus ojos.
Era una noche de octubre, después de un ruido ensordecedor comenzó su llanto de dolor.
Dolor eterno, dolor frustrante, es su dolor.
Dolor que veo cada que veo su rostro con aquellos ojos miel perdidos.
Esa noche a grises se torno después del primer grito anunciando la muerte,
La muerte que la vida del mundo cambio.
El se fue, es lo único que puedo repetir, el se fue, el se fue.
¿Qué hay después de la muerte? Vida no.
Presente es el nombre que le da la vida ingrata al martirio que sigue después de su tramposa ventaja con la muerte.
Podre no haber perdido una razón, podre seguir entera en la mente y en el cuerpo, podre respirar sin dificultad, podre seguir caminando.
Podre decir que existo, pero no lo hago porque se muy bien que estoy mintiendo. Perdí todo cuando ella lo perdió.